de kuala lumpur a mendoza: cruzando el pacífico y los andes

stamos de nuevo en la Argentina, empezando el tramo final para llegar a Buenos Aires. Antes de eso, debimos cruzar el océano Pacífico en dos vuelos, uno de Kuala Lumpur (la capital de Malasia) hasta Auckland, Nueva Zelanda, y otro desde allí hasta Santiago de Chile. De Santiago salimos para cruzar los Andes hasta la ciudad de Mendoza.

Ciertamente, el cruce de la segunda cordillera más alta del globo por el paso Los Libertadores, de casi 3.200 m.s.n.m., por el lado más empinado y con un tándem súper cargado (más o menos unos 60 kg. de equipaje) fue físicamente una dura prueba. Fuertes pendientes, mucha nieve, enorme cantidad de camiones que nos pasaban muy cerca (aunque siempre nos respetaron), hicieron el cruce difícil. Pero mucho peor fue para nosotros el aparentemente sencillo trámite de volar en avión, donde no tenemos que hacer nada más que sentarnos y esperar el aterrizaje en el punto de destino.

EL CRUCE DEL PACíFICO
Ya salir de Kuala Lumpur fue una complicación: el Kuala Lumpur Internacional Airport (KLIA) no está en la capital, como su nombre parece indicar, sino a unos 80 km. de distancia. Como antes de cada vuelo, especialmente después de que Turkish Airlines nos recargó con 60 euros por la bicicleta, habíamos reorganizado todas las cosas separando las más pesadas y que podíamos pasar por los controles de seguridad para llevar en la cabina, por lo cual la bicicleta estaba más incómoda que de costumbre, con una pila de equipaje sobre el trailer. Por suerte, el vuelo era a las 20.50 hs., por lo que tuvimos todo el día para pedalear hasta el lejano aeropuerto. Con tres horas de anticipación estábamos allí, para encontrarnos con la sorpresa de que, a pesar de llevar gran peso en el equipaje de mano, nos querían cobrar 1.000 dólares por exceso de equipaje. Un precio exorbitante que excedía largamente el valor de lo que llevábamos. Buscamos todas las posibilidades, sacando peso para llevar con nosotros, intentando la forma de mandar cosas por correo (resultaba casi tan caro como lo que nos querían cobrar y llegaba a Auckland después que nosotros partiéramos para Chile) y, finalmente, desprendiéndonos de algunas cosas. Sobre la hora, casi quedándonos abajo y con grandes discusiones, logramos subir al avión sin pagar ese dineral, pero más livianos en forma involuntaria.

La estadía en Nueva Zelanda fue breve, apenas un tiempo entre vuelo y vuelo, y exclusivamente en la ciudad de Auckland, una prolija metrópoli que nos permitió una aproximación a un país que nos hubiera gustado recorrer. Pasamos del calor ecuatorial de Malasia a un final de frío invierno austral, sin transiciones. Estuvimos tres días en la ciudad, la más importante del país aunque no su capital, caminado por sus calles de estilo inglés y rigurosas reglas de tránsito, visitando el gran museo dedicado a las culturas del Pacífico y específicamente a los maoríes, antiguos habitantes de la isla.

Ver fotos de la breve estadía en Auckland, Nueva Zelanda.


SANTIAGO Y EL CRUCE DE LOS ANDES
Finalmente llegó la hora de regresar a Sudamérica. Volvimos a pedalear hasta el aeropuerto, unos 20 km., y enfrentar nuevamente la tensionante situación de "tenemos una bicicleta" y esperar las reacciones de los empleados de la aerolínea frente al longilíneo tándem. En este caso, nos hicieron embalar la bici. Como no había cajas de tamaño suficiente para nuestro tándem (en el aeropuerto de Auckland contemplan esta posibilidad y venden las cajas para embalar las bicicletas, aunque la previsión no llega al tándem), tuvimos que envolverla en rollos de cartón, que debe ser el más caro del mundo, 30 dólares neozelandeses, unos 20 de los estadounidenses. También les sacamos los pedales, platospalancas y la cadena del lado izquierdo, para que el bulto fuera menos ancho y no nos cuestionaran que pudiera romper otros equipajes. Despachado todo justo antes de que el avión saliera, un último inconveniente antes de subir: Karina tuvo que ir a explicar que el cartucho de nuestro calentador no era un peligroso explosivo. Aclarado esto, despegamos.

Cuando llegamos a Santiago, el día 18 de septiembre al mediodía (habiendo salido de Auckland el mismo 18 pero a las 6 de la tarde, es decir, llegamos antes de salir, recuperando un día como Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días) nos encontramos con la sorpresa de que faltaba el bolso del trailer, el mismo que había sido demorado por los celosos neozelandeses. No habían alcanzado a subirlo al avión y venía al día siguiente. Quedamos a pata, la transmisión primaria de la bicicleta estaba en ese bolso. Tuvimos que dejarla en custodia en el aeropuerto e ir a una Santiago desierta por el feriado larguísimo con el que se celebraba de la independencia de Chile (tres días más el fin de semana), hasta el día siguiente, en que llegó el bolso y pudimos completar nuestro vehículo.

El feriado riguroso chileno nos complicó los planes, pensábamos mandar por correo a Buenos Aires algunas cosas que no necesitábamos para hacer algo más livianos el ascenso, pero tuvimos que esperar hasta el día siguiente para poder hacerlo. Después, bastante tarde para lo que pretendíamos hacer en el día, salimos. Por suerte y como contrapartida a los problemas, pudimos atravesar una Santiago bastante tranquila, con pocos autos, hasta salir a la ruta abierta. La cordillera se veía enorme hacia el este, ampliamente nevada con un cielo intensamente celeste de fondo. La ruta era una autopista que fue lentamente ascendiendo, hasta ponerse cada vez más empinada y dificultarnos la llegada a la ciudad de Los Andes. Ya casi de noche, decidimos buscar un lugar para quedarnos. Preguntamos en un bar en el que minutos antes habíamos tomado un café y nos permitieron acampar en los fondos. Mientras cenábamos, los dueños y una familia visitante bailaron cuecas y nos hicieron pasar un buen rato.

Al otro día cruzamos el túnel Chacabuco (cerca de los campos donde se libró la famosa batalla) en una camioneta, porque no está permitida la circulación de bicicletas, siendo los mismos empleados de vialidad quienes cruzan a los ciclistas. Del otro lado descubrimos que se había pinchado la ruedita del trailer y, mientras la reparábamos, conversamos con un grupo de ciclistas de la zona que nos dieron valiosos detalles sobre la ruta. Unos 20 km. más adelante llegábamos a Los Andes, donde almorzamos y nos mentalizamos para la terrible subida que íbamos a enfrentar. Eran 63 km. entre los 800 y los 3.200 metros de altitud, un desnivel de 2.400 metros.

Apenas saliendo de Los Andes el camino se hizo cuesta arriba. En los primeros 20 km. en que la ruta se fue metiendo entre las montañas, el promedio de velocidad no fue, sin embargo, muy bajo. Pero pasando esa distancia, la subida se puso peliaguda y el sol bajaba rápidamente. En un paraje llamado Los Papeles, donde una placa recordaba un combate librado por el patriota chileno José Miguel Carrera contra los españoles en 1814, acampamos.

El día que siguió fue el del ascenso más duro. Siempre las subidas son más difíciles con el tándem y más con tanto peso como llevábamos. De a poco fuimos acercándonos a la zona donde la nieve blanqueaba las montañas. Aparecieron los primeros "cobertizos", unas galerías que cubren la ruta en las zonas donde la nieve tiende a taparla. Al cruzarlos, fríos chorros de agua del hielo que se iba derritiendo por el sol nos caían en la espalda, y bloques de hielo en el suelo hacían peligroso el tránsito. Cruzamos luego unos ciclistas de la localidad bonaerense de 9 de julio que venían haciendo el descenso.

Bastante más tarde de lo previsto llegamos al comienzo de los famosos caracoles, las 25 curvas que hacen el ascenso final hasta el paso Los Libertadores. Los camiones subían con esfuerzo y nosotros, muy lentamente, fuimos desandando las curvas entre muros de nieve. Cuando estábamos llegando a los últimos dos cobertizos, oscureció. Cruzamos el último de éstos en la oscuridad, con el hielo tapando las ventilaciones y, junto con ellas, las últimas claridades. Con una linternita y un destellador les avisábamos de nuestra presencia a los camiones que pasaban tronando para no ser arrollados. Al salir del túnel, ya estaba oscuro y decidimos caminar por la resbaladiza carretera, hasta llegar, agotados y tensionados, esquivando camiones, después de empujar el tándem los últimos kilómetros, hasta el puesto fronterizo chileno. Había una hostería, rodeada de hielo y nieve, donde por suerte nos pudimos quedar esa noche.

A la mañana siguiente hicimos los últimos 6 km. de ascenso hasta llegar al túnel que cruza la montaña y la frontera. Otra vez nos cruzaron en camión. Y, después de casi un año, volvimos a la Argentina.

Comenzamos el descenso por un camino con menos nieve que del otro lado de la frontera. Algunas pequeñas pendientes nos hicieron sudar un poco, pero mayoritariamente, por supuesto, fue bajada, pasando por Puente del Inca, Penitentes, Punta de Vacas, Fortín Picheuta, todos lugares que, salvo una breve parada en Puente del Inca, pasamos de largo lanzados hacia abajo. Pero a partir de Picheuta la ruta se estabilizó y empezó a alternar subidas y bajadas. Ya se había hecho tarde nuevamente y pedaleamos en la oscuridad los últimos kilómetros hasta llegara Uspallata. Allí, nos lanzamos de cabeza a una parrilla, con meses de abstinencia carnívora (en las proporciones argentinas, claro).

Un día más y llegamos a la capital mendocina. Sin embargo, no fue todo bajada. El nuevo dique Potrerillos alargó 20 km. la ruta con relación a la que Andrés hacía hecho subiendo en su viaje a Cuba en 1998. Y en ese agregado apareció una subida de 9 km. rodeando el lago que se formó en la zona. Una vez más, apuramos el tranco para llegar antes del anochecer. La rueda delantera, para colmo, se venía desinflando, y los dos o tres parches que le fuimos poniendo no aguantaban las dimensiones de la pinchadura. Y la mayoría de las cámaras de repuesto estaban entre las víctimas del exceso de peso de Malaysia Airlines.

Entramos a tiempo a la ciudad de Mendoza. Las últimas cuadras, ya más distendidos, las hicimos a pie con la rueda delantera en llanta, pero ya no importaba. Allí nos quedamos en la casa de nuestra amiga Mónica Huertas, hasta empezar el recorrido hacia Buenos Aires, en el final de nuestra vuelta al mundo en bicicleta tándem.

Ver fotos de la desierta Santiago en el feriado de la independencia, con desfile militar incluido.
Ver fotos de nuestro cruce de los Andes por el paso Los Libertadores.
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